La primera maniobra fue quirúrgica: echar a Spagnuolo en plena madrugada y designar al interventor Alberto Vilches, hombre del ministro Mario Lugones, para auditar el organismo desde adentro. También fue desplazado Daniel Garbellini, director de Acceso a los Servicios de Salud, otro de los mencionados en los audios.
Pero lo que siguió fue más revelador: silencio casi absoluto desde Balcarce 50. El jefe de Gabinete, Guillermo Francos, fue el único que habló, y lo hizo con una frase que dejó más dudas que certezas: “Yo no pongo las manos en el fuego por ningún funcionario”.
Mientras tanto, en los pasillos de la Rosada se multiplican las sospechas. Algunos apuntan a una interna feroz entre el círculo de Karina Milei y el equipo del asesor Santiago Caputo. Otros creen que la filtración de los audios —más de treinta, atribuidos a Spagnuolo y cargados de explosividad— fue obra de sectores enfrentados dentro de la propia Secretaría de Inteligencia.
En los audios, Spagnuolo menciona directamente a Karina Milei, Eduardo “Lule” Menem y al propio Presidente, describiendo un presunto esquema de coimas a laboratorios para la compra de medicamentos. “Hablé con el Presidente y le dije: ‘Están choreando, te podés hacer el boludo, pero no me tiren a mí este fardo’”, se lo escucha decir.
La Casa Rosada intenta despegarse, pero el daño está hecho. La oposición ya pidió la interpelación de Karina Milei y calificó el caso como “uno de los mayores escándalos de corrupción del gobierno libertario”. En paralelo, el fiscal Franco Picardi y el juez Sebastián Casanello avanzan con la investigación, que ya incluyó 14 allanamientos y el secuestro de sobres con dólares en poder de directivos de la droguería Suizo Argentina.
En medio de la tormenta, el Gobierno parece más enfocado en contener la hemorragia interna que en dar explicaciones públicas. Y mientras los audios siguen circulando, la pregunta que flota es si el caso terminará en una simple purga o en una crisis institucional de mayor alcance.