La misa se celebró el martes 22 de abril en la Basílica de Luján, al cumplirse un año de la muerte del Papa Francisco. Villarruel, que debía representar al Gobierno en ausencia de Milei —de viaje en Israel—, decidió a último momento no asistir y se dirigió a la Basílica María Auxiliadora de Almagro, donde Bergoglio fue bautizado. Allí explicó que prefería estar “con la gente” y no en un acto que consideró “politizado”.
En la Casa Rosada calificaron la ausencia como un “papelón” y acusaron a Villarruel de buscar protagonismo mediático. Según trascendió, el verdadero motivo habría sido un desacuerdo por el protocolo de ubicación en los bancos de la basílica: la vicepresidenta quería ocupar la primera fila junto a Bartolomé Abdala y Martín Menem, pero Presidencia dispuso que ministros también estuvieran allí, lo que generó su enojo.
Funcionarios como Manuel Adorni, Diego Santilli y Federico Sturzenegger estuvieron presentes en Luján, y fueron señalados por Villarruel como parte de “lo peor de la casta política”, lo que desató un fuerte ruido interno en el oficialismo.
El presidente del Episcopado, Marcelo Colombo, lamentó la ausencia y la calificó como “una pena”. Subrayó que la misa era “un momento para estar” y que las diferencias políticas debían dejarse de lado. Colombo destacó que el homenaje buscaba la unidad en torno a la figura de Francisco y que la Iglesia había puesto “toda la ficha” en los fieles para la ceremonia