Para muchos profesionales de la salud, la jornada no termina cuando se va el último paciente. Completar registros, emitir recetas, confirmar turnos y resolver tareas administrativas puede extender el trabajo más allá de las horas de atención.
En Argentina, este escenario adquiere especial relevancia a medida que distintos procesos de salud avanzan hacia la digitalización. La receta electrónica es uno de los ejemplos más concretos de una transformación que obliga a profesionales y establecimientos a incorporar nuevas dinámicas tecnológicas en su actividad cotidiana.
Pero pasar del papel a una pantalla no necesariamente significa simplificar la gestión. Cuando los turnos se administran en una herramienta, la historia clínica en otra y determinadas tareas se resuelven mediante planillas o canales diferentes, la digitalización también puede generar nuevos pasos y duplicar procesos.
“Lo que más vemos en los consultorios y centros con los que trabajamos es que el problema no es la tecnología, es el tiempo. Un profesional que atiende pacientes todo el día no tiene horas libres para aprender un sistema nuevo, y si la herramienta le suma trabajo en vez de quitárselo, la abandona”, explica Daniela Contreras, jefa de Soporte de Reservo.
La carga administrativa es precisamente uno de los aspectos que la tecnología busca reducir. Centralizar información y automatizar determinadas tareas puede liberar parte de las horas que actualmente se destinan a labores operativas.
De acuerdo con datos de Reservo, los centros de salud que utilizan su plataforma pueden recuperar hasta 50 horas semanales mediante la centralización y automatización de procesos, mientras que en el caso de profesionales independientes la cifra puede alcanzar hasta cuatro horas por semana.
El dato pone sobre la mesa una discusión que va más allá de cuántas herramientas digitales incorpora un establecimiento: cuánto tiempo efectivamente permiten ahorrar y qué impacto tienen sobre la rutina de quienes atienden pacientes.
A ello se suma el proceso de adaptación. Dentro de un mismo centro pueden trabajar recepcionistas, administrativos y profesionales de distintas especialidades, todos con diferentes niveles de familiaridad con la tecnología.
“Una plataforma que nadie usa bien no resuelve nada. Desde nuestra experiencia, muchas implementaciones no fallan por falta de funciones, sino por problemas de adopción. En salud esto pesa todavía más, porque en un mismo consultorio o centro conviven personas con distintos niveles de familiaridad con la tecnología”, sostiene Contreras.
Confirmaciones de turnos, recordatorios y determinadas tareas administrativas son procesos que pueden automatizarse sin intervenir directamente en la atención clínica.
Uno de los ejemplos más cotidianos es el ausentismo. Cuando un paciente olvida un turno, el impacto no se limita al espacio vacío: también implica nuevas tareas para reorganizar la atención. Los recordatorios automáticos permiten anticiparse a parte de este proceso.
La misma lógica comienza a extenderse hacia otras tareas administrativas: utilizar la tecnología para resolver procesos repetitivos y reservar la intervención humana para aquellos espacios donde realmente resulta necesaria.
“La clave es automatizar lo repetitivo y lo complejo para liberar tiempo para lo humano. Una buena automatización no aleja al paciente: permite que reciba la información a tiempo y que el profesional pueda concentrarse en atenderlo. La cercanía se pierde cuando la tecnología se pone entre el profesional y el paciente, no cuando trabaja por detrás”, afirma la especialista.
El avance de la digitalización abre así un nuevo desafío para el sector salud argentino. Ya no se trata únicamente de incorporar tecnología, sino de conseguir que los nuevos procesos digitales se integren al trabajo cotidiano sin convertirse en otra tarea que el profesional deba administrar.